SESIÓN 3 (16/05/2012)
NUEVOS Y ANTIGUOS DIOSES.
(Ausencias: Elgrund y Ayln).
Al tercer día de la partida de Lord Robert Baratheon de Castillo del Roble,
Lord Denar Robleastado se encontraba en su estudio repasando papeleo de
burocracia cuando un plebeyo de las tierras bajas entró suplicando ayuda, ya
que una enfermedad extraña había hecho presa a su hija.
Tras impartir órdenes Denar y el Maestre acompañados de Manfred y un par de
guardián se encaminaron hacia las lowlands de su territorio. Cuan sorprendidos
se quedaron cuando vieron colina abajo una turba de campesinos que avanzaba
hacia ellos. Manfred se adelantó con sus guardias para detenerlos.
La masacre estuvo cerca cuando los soldados pudieron observar, presos del
pánico, que la piel de algunos campesinos era de color amarillento y algunos
sarpullidos se estaban formando en su cuerpo.
Denar ordenó la retirada al castillo y el posterior cierre de las puertas.
Eso evitó que la marabunta de campesinos penetrara en el castillo pero sin
embargo ya fue tarde: soldados de la escola que les habían acompañado
presentaban ya algunos síntomas.
El castillo había sido infectado.
A no mucho tardar todos sus habitantes fueron infectados por la misma enfermedad, desconocida incluso para Osrick. Denar envió a sus tres mejores caballeros a recoger muestras del agua del río, ya que tras arduos esfuerzos de investigación la enfermedad más parecida que consiguió encontrar el Maestre era la Fiebre de las Arenas que se producía a raíz de agua contaminada o en mal estado; nada decía de los sarpullidos.
La enfermedad se extendió e incluso Denar sucumbió ante ella; fue entonces
cuando el Maestre encontró un pequeño párrafo en un libro recubierto de polvo
que rezaba sobre extrañas enfermedades que habían sido propagadas muy muy al
este, más allá de las Ciudades Libres, dónde se hablaba de un extraño Señor del
Fuego, Dios de la Luz y sus profetisas, mujeres vestidas de rojo.
Aferrándose a ese texto, Denar decidió abrir las puertas del castillo y
dirigirse al Gran Roble, dónde rezaría a los Sietes, y en especial a la Madre,
para que cuidara de todo su pueblo. Ofreció su propia vida.
Cuando regresó al castillo, sin embargo, ocurrió lo peor: la enfermedad
estaba empezando a causar muertes. La hija de los campesinos, la primera en ser
infectada, acababa de morir y el descontento y la desesperación hizo presa de
los vasallos de los Robleastados.
En un discurso ejemplar Denar reconoció que no tenía a su alcance la cura
de la misma y que rezar era, de momento, su única opción.
No acabó de dirigirse a su pueblo cuando escuchó el trotar de unos caballos
y, al girarse, vio a sus tres caballeros regresar de su misión.
En una reunión en privado, los caballeros explicaron que habían seguido el
cauce del rio hasta que desaparecía hacia el interior de las montañas y que
habían encontrado restos de una hoguera recién apagada y unos pequeños barriles
de madera que contenían un líquido muy extraño del cual habían cogido una
muestra.
Al examinarla, Osrick sentenció que aquello era fuego valyrio. Los misterios
no hacían nada más que crecer.
En estas cavilaciones estaban cuando escucharon
por los pasillos sonidos de espadas y los tres caballeros junto con el
Castellano fueron a inspeccionar ordenando al Maestre, junto con Manfred y los
tres caballeros los únicos no afectados por la enfermedad, que atrancara las
puertas.
El sonido del combate quedó atenuado por el grosor de la pesada puerta de
madera. Hasta que todo quedó en silencio. Unos golpes en la puerta seguidos de
la voz de Manfred de que ya habían rechazado el ataque. Abrieron, pero para
nada estaba Manfred al otro lado: en su lugar había una mujer ataviado de un
grueso abrigo de color rojo y un pelo negro como la noche cayéndole largo.
Sonreía.
Cuando pestañearon la mujer había desaparecido y Manfred llegó corriendo
anunciando la derrota de los atacantes: unos individuos ataviados con ropajes
verdes equipados con arcos y flechas.
Esa noche Denar Robleastado fue presa de las
garras de la muerte, que se cernían sobre él. Y vio que su final estaba cerca;
sin embargo su sangre valyria, la poderosa sangre que corría por su interior
consiguió repeler la enfermedad y Denar se vio recuperado de milagro.
Asombrado él y Osrick se reunieron para decidir su siguiente paso cuando
una niña pequeña, una aldeana, solicitó audiencia con él. La niña aseguró que
había visto a unos extraños merodeando cerca del río de las lowlands y insistió
en que debían acompañarla.
Denar accedió.
Cabalgaron durante una hora hasta que llegaron a
la falda de la montaña dónde la niña les indicó que debían dejar las monturas
atrás. Manfred, que acompañaba al Lord junto al Maestre dejó a dos hombres
atrás vigilando las monturas.
Entonces la niña inició el ascenso, montaña arriba hasta llegar detrás de
un grueso tronco de árbol. Indicó a los soldados que nada de armadura ni nada
de objetos brillantes. Manfred, ejemplar para sus hombres, se quitó la armadura
y recubrió su espada con tierra; los demás le imitaron.
Cuando buscaron a la niña para seguir, esta había desaparecido pero no duró
mucho el asombro ya que descubrieron una entrada estrecha a lo que parecía ser
una cueva detrás del grueso tronco.
Entraron.
Avanzaron durante lo que parecieron horas dentro del oscuro lugar,
traicionero, en el que un descenso pronunciado provocó que algunos soldados se
fracturaran las rodillas o los tobillos. Siguieron, sin embargo, avanzando,
mientras las antorchas se consumían lentamente; todo en silencio.
Llegaron a una esquina, dónde pudieron ver el reflejo de sombras provocadas
por las llamas; desenvainando, Denar y sus hombres giraron la esquina pero se
habían olvidado de apagar las antorchas y fueron descubiertos: catorce hombres,
vestidos con ropajes verdes se encontraban alrededor de una hoguera situada en
medio de una gran cavidad en la que se había instalado como una especie de base
de operaciones, con material de campaña, comida, etc.
El enfrentamiento fue inevitable y a pesar de las grandes bajas que
sufrieron los Robleastado, gracias a la tenacidad de Manfred y sus hombres
consiguieron imponerse y mataron a todos los bandidos.
Tras inspeccionar la cueva encontraron mucho material belicoso y más fuego
valyrio, junto con una nota que ponía:
Sabíamos que podíamos contar con su
banda, la Hermandad del Arco, ya que el plan va según lo previsto. El Dios Rojo
estará contento con los progresos que estamos realizando contra nuestros
enemigos, la Casa Robleastado.
Agradecemos, una vez más, la calidad
de sus servicios, recordándoles que serán recompensados generosamente una vez
consigamos nuestro objetivo.
Al regresar al Castillo del Roble, la enfermedad se había esfumado, dejando
atrás diez muertos, entre campesinos y soldados. Denar fue ovacionado por el
populacho y el mérito de la milagrosa curación se atribuyó a los Siete.
Denar y Osrick, sin embargo, sabían que eso no era del todo cierto…

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada